Friday, July 15, 2011

El último vuelo del cisne

Aunque un amigo decía que estaría nublado, decidí que era mejor ir por gusto que dejar de ir y perdérmelo. Así que rentamos un auto, no sin algún trabajo, y salimos a las doce de la noche hacia el centro espacial Kennedy, a presenciar el último lanzamiento del shuttle.


Llevábamos más de una semana de grandes lluvias, cielos nublados y hasta alguna tormenta. La predicción del tiempo era un 70 por ciento de posibilidades de lluvia para ese día. Mucho en contra, y a favor, tal vez únicamente los deseos y las ansias de cientos de miles de personas que viajaban ya desde días atrás, algunos desde destinos muy lejanos. Todos unidos por la idea de decir adiós al “space shuttle”, esa suerte de bus espacial.


Tras 30 años de servicios, el último de sus representantes saldría hacia la estación espacial internacional, con sólo cuatro tripulantes, o lo que se llama “la tripulación esqueleto”, es decir, sólo los imprescindibles. Un privilegio reservado para sólo cuatro hombres de un planeta superpoblado.

Muchos especulaban si se haría o se suspendería el lanzamiento.

Nosotros nos bajamos de la interestatal I-95, después de más de tres horas de viaje, a las cuatro de la mañana, y ya a las cuatro y diez nos tuvimos que detener: una increíble línea doble de seis millas y media de largo para entrar al centro espacial se observaba como un par de largas serpientes de luces rojas.


Se avanzaba a cortos tramos, y podíamos ver caras sonrientes, cámaras de video y fotográficas en todos ellos. Nos mirábamos con curiosidad, pero éramos como viejos conocidos, como hermanos. Comenzaba la emoción a enlazarse como un sentimiento múltiple.


Cuando nos dimos cuenta que era imposible entrar, y conociendo que era importante actuar rápido para conseguir un buen lugar, tomamos una salida a la izquierda de la avenida, donde por 40 dólares podríamos parquear, bajo la promesa de tener el mejor lugar para observar el despegue. Entramos.
Era un parqueo improvisado en el monte, con bulldozers, y un terreno arenoso y ligeramente enfangado. Algunos, de las decenas de vehículos que entraban, se atascaban allí, incluyendo camionetas. Pero eso no importaba. Muchos optaron, ante el ataque indiscriminado de los mosquitos, por permanecer en el interior del auto, esperando el amanecer. Pero nosotros no podíamos. Había que verlo de noche, con sus luces, esperando el momento de la partida. Tomamos algunas cosas, y aunque luego deberíamos regresar por más, comenzamos a buscar un lugar de buena visibilidad.

Aunque no pensamos nunca caminar por el monte de madrugada, la experiencia se adicionaba a lo interesante de aquel momento. Un cielo que continuaba nublado, y nosotros (y todos) esperando que no lloviera, mas las tantas personas que llegaban sin cesar al lugar. Por fin, hallamos un claro que lucía perfecto, justo a unas seis millas de la “zona cero” y con un campo visual bastante limpio.


Cuando mirábamos atrás, la cantidad de personas aumentaba cada minuto. Desde ancianos hasta una multitud de niños, personas con neveras, asientos plegables, sombrillas y toda clase de cámaras. Era un acontecimiento único, algo que muchos querrían ver antes de que pasara a la historia.


Por supuesto que no era lo mismo verlo por televisión. A pesar de que muchos me lo recomendaron, y era más cómodo desde un sofá y con una bebida en las manos, todos los que estaban allí optaron por la opción más difícil, más lejana, pero la que daría el premio mayor. Formar parte de casi un millón de personas con el mismo único interés, le daba a uno la sensación de formar parte de una gran familia, esa que se reunía para ver el último vuelo de su cisne.
En unos tres viajes al auto, a una distancia de casi una milla, logré armar mi par de trípodes, cada uno con una cámara. Una grabaría el lanzamiento, y otra la usaría para registrar las reacciones del público.
Una tercera cámara, la canon SX30, la tendría en mano para usar el zoom a discreción.

Había que estar de pie todo el tiempo, aunque inventamos con una sombrilla que trajo nuestro amigo Orlando Chirino, y yo me senté durante un par de cortos minutos.

La duda de si habría lanzamiento o no, continuaba en el aire. Una señora traía un radio y recibía, a todo volumen, un seguimiento del estado de cosas allá, a seis millas de nosotros. Sabíamos el estrés y la responsabilidad que hay detrás de un lanzamiento, y éste, particularmente, sería aún peor. Tanta gente había sacrificado tiempo, dinero y quizás hasta compromisos familiares, para estar allí, que cancelar la salida sería un gran desastre.


Pero en el ambiente se sentía un algo que flotaba por sobre el mar, en dirección hacia la plataforma de lanzamiento, y que salía desde cada persona. Eran los deseos de empujar la nave, de elevarla hacia el espacio, costara lo que costara. Casi se podía decir que con tanta energía humana, hubiera bastado para llevar sus 2000 toneladas hasta el espacio, porque lo que se sentía allí era más que una experiencia religiosa, mucho más, con casi un millón de personas mirando hacia el mismo lugar. Era más que un concierto musical de algún famoso, o una charla religiosa de algún conocedor del tema. Era la ciencia como espectáculo, como esperanza, como guía e idea de lo que podemos hacer. Era la ciencia uniendo a miles de personas en un único y especial momento.


Después de seis horas de pie, aguantando el dolor de las rodillas, llegó el tiempo crucial.
A pesar de toda esa energía humana reunida alli, no bastaba con la emoción y la fuerza de todas aquellas personas unidas por un deseo, y en el conteo surgieron pausas que dejaban a todos sin aliento, ante la posibilidad de la suspensión del lanzamiento. Pero en esas dos ocasiones la cuenta se reanudó.
Alguien detrás de nosotros gritó “20 segundos”, y el cabello se erizaba en la nuca cuando al poco los niños comenzaron a corear “…6,5,4,3,2…” y allí la multitud gritó al ver salir el blanco humo por el lateral. Ya no había marcha atrás, el espectáculo había comenzado y ya, fuera de toda duda, la acción se apresuraba cada milisegundo.


En medio del humo surgió por fin la llama intensa de los motores de combustible sólido, y comenzó a elevarse esa increíble estructura que, pese a casi sus 2000 toneladas, llegaría hasta la estación espacial.


Mientras un niño gritaba “!...fantástico, fantástico…!” y los demás concentraban su mirada en esa coma iridiscente, que poco a poco aceleraba y se acercaba a la frontera de nubes, hasta que en una especie de explosión de colores, atravesó la capa de nubes y desapareció. Las caras de éxtasis llenaban el lugar y comenzaba a sentirse la falta del artefacto volador, como un silencio que llegaba desde allá arriba.


Pero no era el final de aquello. En pocos segundos, todos hicieron un mayor silencio para escuchar la secuencia de explosiones, ese ruido sordo que generaban los motores, y que durante unos tantos segundos dejó a todos como hipnotizados. Hasta que el último ruido murió.
Por fin, llegaba a su final el espectáculo. Mientras esos cuatro seres humanos seguían con su programa de viaje espacial, para los terrestres era la hora de regresar a sus casas.


Entonces, a la luz del día, vimos por fin la real magnitud del espectáculo, con aquellos miles de autos en fila, esperando su turno para salir.


Era casi tan emocionante como el propio lanzamiento, ver tanta gente, y tan tranquila y satisfecha.


Se dice que desde adentro, tomó a algunos unas seis horas para lograr abandonar el centro espacial.


A nosotros nos esperaban horas de viaje, a algunos quizás días, pero todos con la inolvidable imagen de esa creación humana, mezcla de ingenio y fuerza bruta, pero sobre todo de voluntad humana, rompiendo la capa de nubes en medio de un sonido sordo, hacia el espacio infinito. Estoy seguro que todos los allí presentes, en sus adentros, le dijeron un adiós al cisne que ya no volaría más.

Video del lanzamiento en
Video de las reacciones del público en

4 comments:

Anonymous said...

Carlos, excelente descripcion de lo ocurrido. Las fotos y los videos son insuperables. Voy a recomendar este blog a mis estudiantes en la universidad. Gracias por haberme invitado a asistir a este evento unico. Saludos de Orlando Chirino.

Jose A Rodriguez said...

A pesar de que he compartido contigo muchas horas de viajes, conversaciones, preocupaciones sociales, politicas y personales, aficiones, horas de radio, autos rotos, antenas, fotografias y videos, no deja de sorprenderme gratamente el fino escritor que nos cuenta lo que nos perdimos con prosa de un conoceder del idioma y de la comunicacion. Gracias por tan hermoso articulo, y termine su libro, please....un abrazo grande de su hermano mayor Jose A. Rodriguez

Año Bisiesto said...

Que crónica, me has hecho vivir ese lanzamiento, oye hermano te felicito no solo por haber realizado ese sueño sino también por lo bien que lo has descrito, si hubiera sabido en aquel tiempo te hubiera pedido ser guionista. las fotos: de concurso.Un abrazo.
Osvaldo

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